Cada mes llegaba a la oficina el señor Realpe, que vendía libros bajo pedido, libros impresos en España con el sello Aguilar. Ediciones de lujo con cubiertas duras de imitación: cuero, lomos y tapas con títulos en pan de oro y papel fino muy delgado. Twain, Dostoyevski, Poe o Shakespeare, el señor Realpe ofertaba literatura de todas las épocas.

También aparecían unos vendedores encorbatados, representantes de grandes cadenas editoriales. Unos enfocaban sus esfuerzos comerciales a materias técnicas; otros, a enciclopedias. Libros impresos en España, México o Argentina. No había tema sin tratar ni aspecto cultural sin abordar.

Era el momento del conocimiento impreso y gráfico, que se vendía a domicilio, a razonable precio y con facilidades.

Un día, el señor Realpe llegó acompañado de Margarita, a quién presentó como la persona que le iba a sustituir en adelante, que traía «una novedosa propuesta editorial». Margarita desplegó un muy bien diseñado catálogo que promocionaba Juan Salvador Gaviota, Los niños del Brasil, París era una fiesta, Abismo, Las mil y una noches y más títulos. Desde entonces, en cada visita, ella o colegas suyos, abrían esos coloridos catálogos y ofrecían obras de Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Agatha Christie, Camilo José Cela, Dominique Lapierre, Ken Follet y otros escritores consagrados.

Llegó así el Círculo de Lectores y la venta por catálogo. Vendedores hábiles y bien entrenados hacían circular sus prácticos y convincentes fascículos en los que estratégicamente se encontraba: sinopsis de las obras y sus autores, fotografías de las ediciones, precios y promociones. Ofertaban los clásicos, los del boom, los Nobel, biografías, novelas policíacas o de misterio, tratados de ciencias naturales, manuales de diversa temática y un número increíble de enciclopedias. Libros de culto y de arte para adultos, jóvenes y niños. Libros ávidos de lectores.

Gracias a este club de lectura, creado en España en 1962, el mundo literario de habla hispana encontró el mejor aliado para popularizar el libro en los hogares, quimérica meta de los esfuerzos editoriales de todo el planeta.

El Círculo de Lectores, una red que se fue ampliando gracias a la literatura y que parecía inmortal, no pudo, sin embargo, competir con la tecnología y los cambios radicales que ella trajo.

El internet trasformó todo, empezando por los hábitos de consumo: ventas de libros en línea, libros y periódicos sin papel, bibliotecas y plataformas virtuales, colecciones y versiones online de toda clase de autores y materias. En el año 2001 surgió Wikipedia, que pintó de obsolescencia a ediciones impresas de enciclopedias y otros textos de consulta.

La demanda del libro de papel continuó, pero, definitivamente, su oferta se transformó, y los vendedores de libros puerta a puerta o bajo pedido se extinguieron. El libro no buscó más a sus lectores, fueron estos los que le siguieron en librerías, ferias y proveedores digitales.

Sin poder adaptarse ni responder a los cambios, el Círculo de Lectores sobrevivió sus últimos años vendiendo cada vez menos libros y más cosméticos, electrodomésticos o CD musicales. El lento y gradual colapso comercial llegó a su fin en 2019. Luego de casi seis décadas, cerró para siempre sus puertas.

Atrás quedaron millones de libros vendidos, ediciones fantásticas, tirajes irrepetibles. Por el Día Internacional del Libro, que acaba de celebrarse el 23 de abril, merece recordar a quienes de forma denodada trabajaron como proveedores de lecturas, esos vendedores de libros que, buscando su sustento diario, se entregaron a una labor trascendental poco reconocida. Sentido homenaje a ellos, quienes de forma entusiasta intentaron hacer del libro un objeto de primera necesidad.

Ilustración: Freepik

Francisco Estupiñán
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