Noralma

El maestro de la escuela había embarazado a su madre una y otra vez, y una y otra vez se había esfumado. Yo no era importante para él, él nunca se hizo cargo de nosotros, él era mayor a mamá y tenía familia, dice Noralma, que ahora tiene sesenta y cuatro años.

Cuando tenía once, la enviaron desde Salinas, Imbabura, rumbo a la casa de una tía de su padrastro que vivía en Quito. Un sobrino de esta mujer la embarazó. La botaron de esa casa. Consiguió trabajo lavando ropa y un cuartito donde vivir. Yo tuve a mi guagua sola. Tenía diecisiete años. Con un reverbero calentaba las agüitas, y dormía en una estera hasta que unas señoras le regalaron una cama. Yo dejaba a mija con una hermana mía, pero una vez se enfermó y no pude salvarla. Se me murió.

Se juntó a otro hombre. A sus diecinueve, nació Laura, luego Ramiro. Él había sido casado, yo no sabía, después me enteré. Seguí con él, catorce años. Noralma dice que deseó embarazarse de él porque lo quería mucho. Él era bueno conmigo. Hasta que la abandonó. Quedó sola, con dos hijos. En un día lavaba hasta en cinco casas, acaba en una y enseguida me iba a otra. No podía controlarles los deberes, si yo llegaba de noche ellos ya no comían.

Ahora, Noralma vive con Edmundo. Tuvieron una hija y cuando esta cumplió tres años se casaron. Con él tuve un hogar, una familia.

Mi mami maduró de tumbo en tumbo, dice Laura.

Laura

Creció sin la presencia de Noralma, que laboraba de sol a sol. Iba al colegio cuando le venía en gana. Perdió el año. Noralma pidió ayuda al padre de Laura para que la corrigiera. Como mi papá nunca estuvo, a mí me daba igual.

A los quince menstruó por primera vez. Noralma nunca le habló de sexualidad. Quedó embarazada a los diecisiete, lo mismo que su madre. Dio a luz a Karina. A los diecinueve se casó, pero no con el padre de Karina. Tuvo dos hijos más con su esposo. Un matrimonio que no duró por inmadurez, no te casas sabiendo cómo te va a ir, sabiendo la responsabilidad en que te metes. El matrimonio se fue a pique, fracasó. Tres hijos, con dos padres que sentían cumplida su responsabilidad al pasarle una ínfima manutención por ellos. Para los hombres es super fácil irse, olvidarse de los hijos. En cambio, para las mujeres no, los hijos son parte de una, eso nadie nos puede arrancar. Laura es inteligente, pudo tener otro porvenir. Hoy es empleada doméstica.

Karina

A Karina se la veía con futuro, le brillaban los ojos y le gustaba estudiar. Laura tenía la esperanza de que su hija llegaría a la universidad, que sería profesional. Para eso se partía el lomo trabajando. Conversó con ella de sexualidad, de que tenía que cuidarse. Pero eso no basta: la pobreza y la falta de acompañamiento acarrea una deficiente formación. Por más esfuerzo que puso, Karina no logró ingresar a la Universidad. Y vino su embarazo a los diecinueve. La sensación de fracaso de Laura fue dolorosa.

Hay un modelo que se repite, cuatro generaciones, cuatro mujeres que han pasado por lo mismo. Madres solteras, pobres de pobreza absoluta, que no pudieron atender a sus hijas como debían porque tenían que laborar sin descanso. La historia no cambia y los gobiernos no hacen algo por transformarla, como si fuera un destino inexorable. Ellas también festejan el Día de la Madre.

Luis Dávila Loor
Últimas entradas de Luis Dávila Loor (ver todo)