En el V libro de Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, hay este relato: Jesús decide visitar Sevilla, España, en la época más terrible de la Inquisición. La gente lo reconoce y Jesús empieza a sanar y a hacer milagros. El cardenal, inquisidor mayor, ordena su aprehensión. En un calabozo le pregunta: «¿Eres Tú?» Jesús no responde. «¿Por qué has venido a estorbarnos?», continúa el inquisidor y le amenaza con mandarlo a la hoguera, seguro de que la misma gente que esa mañana besaba sus pies atizaría el fuego. «Todo se lo diste al Papa, así que todo, ahora, está en poder del Papa… no nos estorbes».

El inquisidor le encara a Jesús haber predicado la libertad de elección con conocimiento del bien y del mal, lo cual solo provoca angustia en el ser humano. En cambio, le dice, nosotros le hemos arrebatado su libertad, ya que la rebeldía no permite la felicidad, y sin libertad la gente se siente feliz porque así no tiene que decidir. Le increpa a Jesús no haber considerado que los humanos son criaturas débiles que se alegran de verse conducidos como un rebaño; de no haber aceptado al César, como lo aceptaron ellos, para construir el imperio universal. «¿Quién ha de dominar a las gentes sino aquellos que dominan sus conciencias y tienen en sus manos el pan?» Con una lógica implacable, el inquisidor justifica el camino que ha construido la Iglesia y le dice a Jesús que se vaya y no regrese nunca más.

En 1941, Arthur Koestler escribió El cero y el infinito. La novela trata sobre un líder histórico de la Revolución Socialista, Nicolás Rubashov, quien, por criticar la conducción del régimen, cae víctima de la purga desatada contra los que el Partido considera contrarrevolucionarios y aliados a potencias extranjeras desestabilizadoras. Es apresado y sujeto a tres interrogatorios. En el segundo, lo interroga Ivanov, camarada de otros tiempos de Rubashov.

En vez de someterlo a torturas para que se declare culpable, Ivanov apela a la lógica revolucionaria que ambos comparten: hay que matar para que desaparezcan los asesinos, inmolar inocentes para evitar futuros sacrificios, apalear a la gente para que aprenda, desprenderse de toda clase de escrupulosa moral y soportar el odio del pueblo a causa de su porvenir. «En tanto que el caos domine el mundo… todos los compromisos con la propia conciencia constituyen una perfidia», razona Ivanov. «La historia es, a priori, amoral: no tiene conciencia». Esa misma lógica que Rubashov ayudó a levantar marcará su destino: a pesar de claudicar y declararse culpable para fortalecer la idea de que el Partido tiene la última razón, muere ejecutado. Novela extraordinaria, El cero y el infinito fue escrita cuando los intelectuales denunciaban la bestialidad del terrorismo fascista que ascendía en Europa, pero callaban la del estalinismo en la Unión Soviética.   

La lógica del inquisidor de Dostoyevski como la del interrogador de Koestler coinciden en que el fin es la homogeneización de la sociedad (el cristianismo universal, el socialismo en la URSS), y que, para lograrlo, el mal (Satanás) es un camino seguro, mientras el discernimiento y la conciencia (Dios/Jesús), son un peligro.

Si bien los dos relatos suceden en momentos de autoritarismo total, son el espejo de la realpolitik que cínicamente se practica en la actualidad, cuando políticos y gobernantes de cualquier tendencia, para conseguir sus fines, justifican su ausencia de escrúpulos. Pero no. Aunque la política funcione así en todo el mundo, el principio ético es irrenunciable: el fin no justifica los medios.

Luis Dávila Loor
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