Nicaragua era una ilusión: se estaba gestando una revolución, había sido posible la unidad de la izquierda, la teología de la liberación era parte de ella. Todo un pueblo, comandado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), se alzaba contra el dictador Anastasio Somoza Debayle y la angurrienta oligarquía que lo rodeaba.

Eran inicios de 1979. La consigna de la izquierda en Ecuador fue recaudar fondos para apoyar al FSLN. Cientos de militantes de aquella época nos movilizamos por Quito y sus alrededores. Íbamos al estadio, a la salida de las misas, a los barrios, y la gente siempre aportaba. Era increíble cómo hasta los más pobres ponían una moneda. El dinero recaudado se entregó a un delegado del Frente en acto público.

En Nicaragua, tras el derrocamiento de Somoza, la Junta de Reconstrucción Nacional, presidida por Daniel Ortega e integrada por figuras independientes, asumió el poder. Un año más tarde, la presión de la dirigencia del FSLN hizo que personas como Violeta Chamorro abandonaran el gobierno. En 1984 se celebraron elecciones libres y Daniel Ortega fue elegido presidente. Vino luego la guerra de la «contra», auspiciada por Reagan, y la crisis económica. En 1990, como parte de los acuerdos para lograr la paz, se convocaron elecciones. Ortega fue vencido por Violeta Chamorro.

Dos meses antes de entregar el poder, se desató la «piñata»: mediante tres leyes aprobadas en ese período, los dirigentes del FSLN se apropiaron de predios urbanos y rurales que se habían confiscado y de cientos de empresas que se habían estatizado.

En 1992 estuve en Nicaragua. Un profesor de la Universidad Nacional Autónoma me llevó a un barrio de lujo de familias adineradas de antes de la Revolución. «¿Ves esa mansión?», me dijo, «allí vive ahora Daniel Ortega, y en esa otra, Humberto Ortega». A esas alturas, este último ya era uña y sucio del antiguo archienemigo de la Revolución: el cardenal Miguel Obando y Bravo.

Una década después retorné a Managua, a un evento de radios comunitarias. Nos instalaron en el hotel Fundación Verde Sonrisa, de propiedad, gracias a la piñata, del excomandante Tomás Borge. Tuve la satisfacción de ver cómo una joven costarricense le dio su merecido: fingió no saber quién era él y, minutos más tarde de que él le dijera: «Hace años yo era muy conocido, soy el comandante Tomás Borge», ella volvió a la carga: «Disculpe ‘coronel’, ¿cuál era su nombre?»

Daniel Ortega fue acusado por su hijastra Zoilamérica de violación y abuso sexual en 1998. La madre de Zoilamérica, Rosario Murillo, esposa de Ortega y actual vicepresidenta de Nicaragua, no respaldó a su hija. Hoy Zoilamérica vive exiliada en Costa Rica.

Ortega perdió en las elecciones de 1996 y 2001. Sin embargo, ganó en las de 2006 y 2011. Y para poder postularse en 2016 logró, mediante reforma a la Constitución, garantizar su reelección indefinida. Lleva tres lustros gobernando y no quiere soltar el poder. Ahora se mantiene a través del terror, encarcelando opositores y a posibles candidatos contrincantes, reprimiendo al pueblo, traicionando a sus compañeros de lucha de hace cuarenta años. Derrocó a Somoza para convertirse en Somoza.

Un dictador con fachada democrática, de discurso radical totalmente vaciado de contenido. Al igual que otros gobernantes que se han denominado de izquierda, Ortega ha banalizado la utopía de una sociedad con justicia social, igualdad de oportunidades, redistribución de la riqueza y democracia participativa. Como dijo Trotsky de Stalin, Ortega ha sido el sepulturero de la Revolución nicaragüense. 

De aquella ilusión del 79, no quedan ni las cenizas.

Ilustración: Riccardo Vecchio

Luis Dávila Loor
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