Hace cuatro años, quienes pregonaban el voto nulo en la segunda vuelta entre Moreno y Lasso eran tildados de derechistas. Hoy ocurre lo mismo, pero al revés: quienes se pronuncian por el voto nulo son tildados de correístas. Es increíble la soberbia y sectarismo de unos y otros: los que no están con su candidato –dicen– no entienden la política. Ellos, sí.

Pero la cosa no es en blanco y negro. Hoy ha quedado totalmente demostrado que, para quien no comulgaba con Lasso, votar por Moreno en 2017 fue un error. Asimismo, se puede presagiar que, para quienes no comulgan con Arauz, votar este 2021 por Lasso será otro error.

En el debate, más que mostrar lo que ofrecen, ambos mostraron lo que esconden. Arauz, distanciándose artificialmente del autoritarismo de Correa, tratando de convencer que ahora sí se respetarán las libertades y los derechos de las mujeres, de la naturaleza y de los pueblos y nacionalidades indígenas. Lasso, separándose de su origen conservador, elitista y pro gran empresariado, queriendo acercarse al centro. Producía indignación ver cómo los dos se desligaban de la responsabilidad que tienen sobre Moreno. En la forzada sonrisa de ambos se vislumbró la falsedad de sus propuestas.

Disimuladamente, ocultaron sus posiciones en torno a temas como aborto por violación, protección a mujeres, niñas, niños y adolescentes, crisis del IESS, injerencia cada vez más preocupante del narcotráfico, corrupción e impunidad, actual proceso electoral y desconfianza sobre el CNE y el TCE, crisis fiscal, deuda externa… Mutis. Ninguno presentó un claro plan de gobierno. El debate, en conclusión, fue de una total pobreza.

Ambos han elegido el camino de ofrecer humo: Arauz, mil dólares a un millón de personas y mil doscientos millones de dólares a los GAD, sacando el dinero de las reservas del Banco Central. Un plan nada novedoso y bastante irresponsable en las condiciones actuales. ¿Se dinamizará la economía? Seguramente, por el lado del consumo, hasta que pase el impacto, resurja la pobreza y solo quede más deuda para el Estado. Lasso ofrece empleo a través del fomento a la exportación de productos tradicionales, como banano y flores. ¿En qué consistirá ese fomento? ¿Cuántos empleos se crearán? ¿Serán flexibilizados los derechos de los trabajadores agrícolas?

Los dos se han pronunciado por favorecer a la gran minería y aumentar la economía extractivista. Ninguno ha planteado un nuevo modelo de desarrollo, con libertad, redistribución de la riqueza y justicia social. La gran diferencia entre ambos radica en que el uno quiere ampliar el Estado para fortalecer su base social a base de medidas populistas, y el otro, reducirlo para privatizarlo. Por lo demás, ambos son de un conservadurismo a ultranza, que antepone sus creencias religiosas a la solución de graves problemas sociales, como una adecuada educación sexual para evitar el embarazo en adolescentes.

Los adeptos de uno y otro dirán: mi candidato ganó el debate. Sin embargo, habría que preguntar a los indecisos o a los que no sienten simpatía por ninguno: ¿logró uno de ellos desmontar la desconfianza que llevan a sus espaldas?

¿Cuál es el camino si ninguno convence? Ser críticos. Implacables con la falta de ética. Dejar la comodidad y encarar la política en los hogares, barrios y parroquias, en el campo y la ciudad. Asumir ideologías que debatan, que no se consideren poseedoras de la verdad y que dialoguen. No esperar la llegada de mesías. Habrá que aprender a hacerlo. Caso contrario, en cuatro años estaremos en la misma situación, con dos candidatos que podrán vencer, pero no convencer.

Luis Dávila Loor
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