Alarmado por el repunte de suicidios y fallecimientos en soledad durante la pandemia, el gobierno japonés acaba de nombrar un ministro de la Soledad. Alguien encargado de velar por los solitarios, segmento de la población nipona asentado en sus grandes urbes, a cuyos integrantes se les denomina ohitori-sama (honorable señor solo u honorable señora sola).

Fuentes no oficiales, que estudian el fenómeno de la soledad en una sociedad del «primer mundo» como la japonesa, calculan que en el año 2020 se quitaron la vida 21 919 personas, de las cuales, 14 464 (66 por ciento) eran varones, 6976 (32 por ciento) mujeres y 479 (2 por ciento) estudiantes.

Si esas cifras son alarmantes, más lo es la de 4448 personas fallecidas en 2020 en Tokio, Osaka, Yokohama y otras ciudades, sin la compañía de otro ser humano, en soledad total y absoluta. Y lo más estremecedor: el 14 por ciento de estos cadáveres «fueron hallados entre uno y tres meses después del deceso».

En un reportaje de Gonzalo Robledo, aparecido el 29 de marzo de 2021 en el diario El País de España, se lee: «Para Junko Okamoto, autora del libro Los más solitarios del mundo: los hombres japoneses de mediana edad, uno de los primeros retos para el nuevo ministerio será recopilar estadísticas sobre una condición que pocos japoneses reconocen como un problema». Sigue el escrito: «Esta experta señala que los japoneses ‘rechazan la connotación negativa de la soledad’, y subraya que para el japonés medio la resistencia ante las adversidades es un deber, y la soledad es un reto que se asume sin aspavientos». Sin embargo, la situación ha llegado a tal extremo que hoy la sociedad japonesa estaría cuestionando esos valores y se estaría conmoviendo al punto de pedir protección y ayuda oficial para personas que, por distintas razones, han decidido vivir solas.

En las comunidades latinoamericanas, la soledad, como fenómeno social, se presenta con ribetes de dramatismo entre personas de la tercera edad, retiradas y jubiladas, sin distingo de género. Gentes de todo nivel socioeconómico y cultural que tienen en común el haber cumplido su ciclo productivo o laboral y que, en algún momento, irremediablemente se enfrentan al abandono o a la poca atención de sus familias y de los entes estatales creados para cuidarlos y protegerlos.

La cineasta chilena Maite Alberti, en su enternecedor documental El agente topo, ingresa a un asilo de ancianos ubicado en Santiago, muy similar a los que podríamos hallar en nuestras ciudades. Se vale de un viejo, un espía, un agente topo de 83 años, alguien que no despierta sospechas y que diariamente reporta sus observaciones. La cámara le acompaña siempre y va revelando rostros, gestos, miradas y diálogos repletos de evocaciones y añoranzas.

Este singular detective pronto encuentra entre sus coetáneos a seres humanos que viven intensamente su día a día, donde los recuerdos tienen la misma cabida que la esperanza, y la resignación se mezcla con la alegría. Ancianos y ancianas solos, ansiosos de escuchar y ser escuchados, de saberse queridos, a los que la palabra abandono suena a deslealtad, y, también, a patética realidad. Un Ministerio de la Soledad y las revelaciones de “Un Agente Topo” ponen en perspectiva un futuro que ya llegó, donde el inexorable paso del tiempo descubre un mundo poco solidario e injusto con quienes precisamente lo construyeron.

Ilustración: Freepik

Francisco Estupiñán
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