No hace mucho hablaba con un vecino sesentón quien, aparte de quejarse de la pandemia, me decía que está viviendo una época que nunca imaginó: limitado en sus salidas, enmascarillado permanentemente, agobiado por noticias malas, asustado por la muerte de alguno de sus amigos o por el contagio de un pariente. «Todo esto es terrible, imagínese que tengo que guardar distancia hasta con mis nietos, ¡imagínese!»

Me despedí del vecino no sin antes aceptar su explícita invitación a imaginar la visita de sus regordetes nietos en medio de risas y contagiosa algarabía, momento en que me sorprendí con mi propia imaginación: él me permitió ver una escena familiar que alguna vez ocurrió o que quizás iba a ocurrir.

La imaginación ha sido objeto de todo tipo de estudios, desde la antigüedad hasta nuestros días. La imaginación es la clave de la creación dicen unos, otros la encuentran en los cimientos de la ciencia. Los poetas la usan, los artistas, los escultores, los pintores, los músicos dicen que sin su ayuda no existiría el proceso creativo. Igual opinión tienen matemáticos, filósofos y futbolistas.

«Para envolverte en besos quisiera ser el viento / y quisiera ser todo lo que tu mano toca; / ser tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento, / para poder estar más cerca de tu boca» escribía Medardo Ángel Silva, consagrado vate guayaquileño, haciendo gala de una imaginación sin límites. Poeta, maestro, soñador empedernido…

Imaginación, fina metáfora de otro grande como Jorge Carrera Andrade cuando, al referirse a una simple nuez, dice: «Nuez, sabiduría comprimida / diminuta tortuga vegetal / cerebro de duende /paralizado por la eternidad». Nadie mejor para imaginar una nuez, nadie mejor para aprovechar su forma. Metáfora perfecta de un observador imaginativo.

La imaginación no tiene fronteras, no conoce límites. Es una condición propia del ser humano. Se presenta, en mayúscula manera, durante la infancia, crece en la adolescencia y juventud y, si acaso no se la cuida o incluso entrena, tiende a perderse en la madurez y en la vejez, se camufla de añoranza o de melancolía, pero su presencia sigue vigente hasta la muerte.

El escritor guatemalteco –nacido en Honduras– Augusto Monterroso, un gran hacedor de cuentos y fábulas breves, publicó una composición que por mucho tiempo fue considerada como el relato más corto y mejor logrado de la literatura universal: «Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí».

Ese minitexto o minicuento –de apenas siete palabras–, extraordinario y suscitador de todo tipo de estudios gramaticales, sociológicos y literarios, sirve y ha servido para entrenar la imaginación y, desde luego, para disfrutar por la cantidad infinita de posibilidades imaginativas que parten de su lectura. ¿No me cree? Trate de responder estas preguntas: ¿despertó en dónde?, ¿qué dinosaurio?, ¿desde hace qué tiempo estaba allí? ¿Y si el dinosaurio es un alias? ¿El dinosaurio me persigue o yo lo persigo a él? ¿Qué hubo antes de despertar? ¿Si despertó es que se durmió? ¿Cómo y dónde durmió? La cantidad de preguntas es realmente infinita, y todas las respuestas están en su imaginación. El reto está lanzado, así que: vuelva a leer El Dinosaurio, de Monterroso, e imagínese.

Y si usted está verdaderamente interesado en entrenar su imaginación, ahí le va otro sugerente relato breve llamado El Emigrante, escrito por Luis Felipe Lomelí, qué dice así: «Olvida usted algo? -Ojalá».

Al recordar a mi vecino sesentón hablando de la pandemia y la época inimaginable que está viviendo, solo me queda una duda: ¿la conversación con él sucedió en verdad o me la estoy imaginando?

Ilustración: Freepik

Francisco Estupiñán
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