En el año 1885 se vendió la primera Coca Cola en una farmacia de Atlanta, Georgia, Estados Unidos. Salió al mercado como un novedoso tónico para el dolor de cabeza. Su fórmula fue creada y patentada por un farmacéutico de nombre John Pemberton, inquieto químico que ya había creado brebajes vigorizantes y remedios para la tos.

Pemberton tenía un contable llamado Frank Robinson, quien, usando su propia letra –la que consta en los envases–, bautizó la bebida como Coca Cola. Posicionada como refresco, tuvo notable éxito y aceptación entre el público; a tal extremo, que un grupo de visionarios inversionistas, en 1889, le propuso al químico Pemberton la venta de su pequeña empresa en la suma de 2 300 dólares. Así nació The Coca Cola Company, una de las transnacionales más poderosas del planeta.

Desde entonces, su «secreta fórmula» y su modelo de fabricación y comercialización han merecido todo tipo de investigaciones por parte de universidades y prestigiosas instituciones del mundo. Su millonaria y fabulosa publicidad la ha convertido en la bebida más consumida del orbe. Coca Cola se fabrica y vende en los cinco continentes.

La publicidad que maneja Coca Cola es envolvente y total: bajo la batuta de expertos en marketing, equipos multidisciplinarios de connotados diseñadores gráficos, cineastas y antropólogos, logran lo que otras marcas sueñan: ubicuidad.

Entre otros torneos deportivos, la marca Coca Cola patrocina Juegos Olímpicos, Copa del Mundo FIFA y, desde luego, la Eurocopa. Precisamente, en esta última competencia acaba de ocurrir un anecdótico episodio protagonizado por el varias veces ganador del Botín de Oro, el formidable delantero portugués Cristiano Ronaldo (CR7). Al llegar a la rueda de prensa posterior a un partido, Ronaldo se percató que le habían colocado dos botellas de Coca Cola en su delante. En un gesto al parecer espontáneo retiró los envases de la bebida y en su lugar puso una botella de agua natural.

El suceso sirve para puntualizar algunos asuntos referidos a esta bebida, por ejemplo, que The Coca Cola Company se ha convertido en la mayor productora mundial de residuos plásticos, cuyo poder contaminante –a pesar del cacareado reciclaje– sigue alterando gravemente las condiciones ambientales de todo el planeta.

También, que la Coca Cola y otras bebidas carbonatadas utilizan en su fabricación enormes cantidades de azúcar refinada, por lo que su periódica ingesta incide en la obesidad prematura de niños y jóvenes, resistencia a la insulina y diabetes tipo B. Si bien estos refrescos son legales y de venta libre, hay que decirlo una y otra vez que están muy lejos de propiciar una vida sana, como concluyen estudios serios de médicos, dietistas y nutricionistas de distintas latitudes. Revelador resulta conocer que su nombre no tiene cabida en la dieta de los deportistas de élite.

El gesto de Cristiano Ronaldo, premeditado o no, plantea una reflexión: cuando se encontró una relación directa entre el cigarrillo y el cáncer se prohibió el patrocinio de las tabacaleras, se restringió su publicidad y se llegó incluso a prohibir el fumar en sitios públicos, incluido los estadios. ¿Frente a evidencias del atentado a la salud que significa la habitual ingesta de bebidas como la Coca Cola, no sería lógico y oportuno actuar en concordancia?

La respuesta comunicacional de Coca Cola a la actitud de CR7 fue: «cada cual tiene derecho a tener sus preferencias de bebidas, gustos y necesidades». Cínico argumento que apela a la libertad de las personas, cuando en realidad, a través de cientos de millones de dólares en publicidad, la transnacional impone preferencias, gustos y necesidades a las poblaciones más maleables.

Francisco Estupiñán
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