Año 1979, Ecuador retorna al régimen de Derecho y Jaime Roldós asume la Presidencia. Ante las amenazas golpistas, el secretario general de la Administración Pública, Alejandro Román Armendáriz, llama a conformar un «ancho cauce democrático». La mayor parte de la izquierda, agrupada en el FADI, prefiere mantenerse pura y casta, e indiferente al llamado, declara la oposición al Gobierno. Solo el Movimiento Revolucionario de los Trabajadores (MRT) decide apoyarlo críticamente, y sufre las consecuencias: bajo la consigna de “la izquierda solo es una, la izquierda está en el FADI”, se censura al MRT por haberse apartado del iluminado camino de la verdad y del decoro ideológico.

Jaime Roldós muere en un extraño accidente de aviación en 1981 y Hurtado asume por sucesión la Presidencia. Se abre el proceso para nombrar vicepresidente y suena el nombre de León Roldós. La izquierda lo rechaza con el argumento de que es abogado de la banca y que su presencia va a consolidar al capital financiero en el poder. León Roldós resulta ser una persona de ideas avanzadas que en cierto momento enfrenta a Hurtado, iniciador del neoliberalismo en Ecuador.

Hoy en día está claro que había que apoyar la naciente democracia y al presidente Roldós. Así, a lo mejor este no se hubiera obligado a conformar una comisión de notables para superar la crisis política, como en efecto lo hizo, lo que le llevó a ceder posiciones. Y apoyar al vicepresidente León Roldós hubiera generado mayor contrapeso a Hurtado.

Jaime Roldós no es lo mismo que Guillermo Lasso, afirmar eso sería una ligereza. Sin embargo, los contextos en los que llegaron al poder guardan cierta relación. A pesar de haber ganado abrumadoramente las elecciones, Roldós tenía en su contra a la mayoría del Congreso, a toda la oligarquía y a buena parte del alto mando militar. Por eso convocaba a las fuerzas progresistas al ancho cauce democrático.

Lasso llega al poder con un débil apoyo en las urnas, apenas un veinte por ciento en estricto sentido. Tiene, además, gran debilidad en la Asamblea. Por eso, su llamado al reencuentro nacional y el giro de su discurso hacia el centro.

Igual que en esos años, hoy la izquierda se desentiende del contexto. Pone por delante el perfil del presidente: conservador, Opus Dei, banquero. Un apestado al que hay que oponerse para salvaguardar la pureza ideológica.

Pero lo que está en juego es la recomposición de la democracia y de la institucionalidad, la generación de empleo y disminución de la pobreza, la atención a la crisis sanitaria, entre otros graves problemas. Para impulsar salidas democráticas, hay que dialogar con el Gobierno, más aún si este requiere colaboración. No se trata de que la izquierda empeñe sus principios, cogobierne o deje de ser crítica, sino de que negocie con inteligencia, sensatez e independencia, y mantenga su libertad para oponerse a medidas antipopulares cuando la ocasión amerite.

Jaime Bateman Cayón, fundador del M-19, afirmaba que le resultaba más fácil dialogar con los conservadores que con los propios izquierdistas. Después de su muerte en 1983, García Márquez escribió en El País: «Bateman no podía estar, como se dice, un solo instante sin hacer política. Su pasión era el diálogo.» Aquel comandante guerrillero, el hombre más perseguido en toda Colombia, no se hacía bolas a la hora de negociar con políticos de tendencias diametralmente contrarias, si eso permitía terminar con el bipartidismo oligárquico que gobernaba en Colombia. Para ser así, hay que abandonar la petulancia intelectual, el monopolio de la verdad y esa absurda castidad que solo conduce al ostracismo.

Ilustración: Freepik

Luis Dávila Loor
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