En una de las acostumbradas fiestas de la Corte, Luis XVI, Rey de Francia, llevaba una extraña pero llamativa flor en el ojal de su traje, y su frívola esposa, la reina María Antonieta, lucía un ramillete de esa misma flor en su pomposo peinado. Con ansiosa curiosidad, invitados y cortesanos averiguaban el nombre, la procedencia y la manera de conseguir ese adorno natural y diferente.

Antes, durante la Guerra de los Siete Años (1756 a 1763), el farmacéutico y agrónomo francés Antonio Augusto Parmentier, había sido tomado prisionero y reducido a un campo de concentración en Alemania, al cual había sobrevivido gracias a un tubérculo al que llamaba pomme de terra, cuyo origen no lo tenía muy claro, pero sí sus bondades nutritivas.

Terminada la guerra fue a visitar a Luis XVI con el propósito de convencerlo de que ese tubérculo –que no era otro que la papa o patata– podría sustituir al pan con la ventaja de que no necesitaba ser amasada; bastaba con ponerla debajo de ceniza caliente o en una olla de agua hirviendo. Los argumentos de Parmentier convirtieron al monarca en un entusiasta partidario de la papa.

El Rey ordenó sembrarla en toda Francia, pero los campesinos se resistían porque decían que ese tubérculo de color oscuro que se desarrollaba debajo de la tierra la empobrecía y perjudicaba. Sostenían, además, que producía lepra y que contenía sustancias tóxicas que alteraban la mente. La simiente que fuera entregada para su siembra fue abandonada o echada a los cerdos. Los esfuerzos de Parmentier por difundir su consumo y cultivo resultaron inútiles.

Parmentier no se rindió y sembró en un enorme terreno en las afueras de París. Cuando las plantas florecieron, hizo un ramo y se lo presentó al Rey. Así, la flor de papa se convirtió en moda de la Corte francesa y la nobleza intentó obligar a los campesinos a cultivarla para poder imitar a sus soberanos. Pero el pueblo siguió en su convicción y ni de regaladas aceptaba aquellas manzanas de tierra.

El farmacéutico y agrónomo Parmentier siguió sembrando papas y cada vez entendió mejor su cultivo. En su empeño por vencer las resistencias que persistían, se le ocurrió levantar una valla alrededor de su papal y propagar la noticia de que el robo se iba a castigar con durísimas penas. Durante el día puso vigilantes que al caer la noche se retiraban. Pronto se extendió la voz: si esas plantas eran así cuidadas, por algo sería. Al amparo de las sombras empezaron los saqueos y en menos de una semana no quedó ni una sola papa en el sembrío. El ardid de Parmentier funcionó.

A partir de entonces, el cultivo de la papa se popularizó y sus cosechas salvaron vidas durante los largos años de penurias y hambrunas que sucedieron a la Revolución Francesa y a las guerras napoleónicas.

El 17 de diciembre de 1813, a la edad de 76 años, en París, murió Antonio Augusto Parmentier, miembro de la Academia de Ciencias. En su tumba se plantaron varias plantas de papa, como fuera su deseo.

Hoy, Francia está entre los grandes países que cultivan papa en el mundo, y en su reconocida gastronomía hay cantidad de platos que la tienen como ingrediente principal.

La papa, Solanum tuberosum, es una planta originaria de Los Andes, en lo que hoy es Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia y Chile. Llegó a Europa en 1750 y es otro gran aporte de Sudamérica al mundo. Su cultivo y consumo es planetario.

Francisco Estupiñán
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