Hemos estado parcialmente confinados durante trece cuarentenas, tiempo de angustia, frustración y ¿esperanza? Angustia por un virus que nos amenaza, nos acecha y que ha matado a muchísima gente. Frustración porque parece que no hay con qué darle. Y tal vez esperanza de nuevos tiempos de solidaridad, gracias al enemigo común invisible. Sin embargo, tengo una mala sensación porque ciertas opiniones y hechos no muestran ninguna voluntad de cambiar, parece que todo sigue igual o peor. La pandemia no nos hará mejores.

A principios del detestable 2020, se inició una etapa inédita en nuestra historia reciente. Había que quedarse en casa porque nadie tenía la menor idea que qué hacer frente a una epidemia, frente a una enfermedad sobre la cual se conocía poco y nada, frente a un extraño virus de habilidades y efectos impredecibles. Los que algo entendían sugerían lo único sugerible, mascarillas, distanciamiento social y confinamiento.

Pero tan peligrosa como la dolencia producida por el coronavirus, se sobreactivó una enfermedad comunicacional. La gente multiplicó su capacidad de escribir sandeces, los “opinólogos” se reproducían en redes con mayor velocidad que el propio coronavirus. Los mismos expertos en economía, política, coaching, religión, fútbol y ciclismo ampliaban su bagaje y ahora brillaban también como epidemiólogos.

Pero parece que los buenos seguirán siendo buenos y los malos, malos. Lo único que cambió es que todos usamos mascarilla. La pandemia simplemente desnudó las miserias. Los pobres se harán más pobres y los ricos seguirán enriqueciéndose.

Choferes y conductores empezaron a manejar más rápido y a pitar más, los futbolistas se hicieron más exagerados, mentirosos y tramposos. Nuestros economistas se volvieron más tercos con su receta de austeridad: achicar el estado y arrimar “todos” el hombro para salir de la crisis, sin embargo, los poderosos no aceptaron nuevos impuestos, ellos siempre son eficientes, disminuyen sus costos, aunque estos sean sus obligaciones con el fisco.

Tuvimos que enfrentar una crisis con una salud pública debilitada. Pocos meses antes, para combatir al estado obeso, habían despedido a varios expertos en epidemias. Lo propio había sucedido en otros países, la evidencia italiana muestra el desmantelamiento del estado de bienestar (Bifo Berardi, “Crónica de la psicodeflación”, marzo 2020).

Pero extrañamente, el FMI empezó a sugerir lo contrario, políticas para incentivar la demanda y medidas económicas distributivas. Incluso se llegó a algo inédito, a mediados del 2021 un total de 130 países acordaron que las multinacionales deberían pagar un impuesto de al menos el 15 por ciento sobre sus beneficios, tal como lo comunicó Mathias Cormann de la OCDE y lo apoyó el Papa Francisco cuando pidió a los empresarios que “inviertan y no escondan el dinero en paraísos fiscales”. Sin embargo, nuestros expertos siguen pidiendo que el estado se ocupe solamente de actividades “productivas” tal como lo hacen los países “prósperos”.

Según esta óptica, parecería que el valor de la vida humana es muy bajo. “¿Unos pocos miles de ancianos valen lo mismo que la economía del país?” repetían los simpatizantes de Bolsonaro en Brasil. “Que mueran los que tengan que morir, la economía tiene que seguir adelante” vociferaba convencido un señor de las Cámaras.

Incluso hubo algunos líderes de opinión que atribuyeron la pandemia a un ataque biológico y aseguraban que jamás se vacunarían con productos de países comunistas. Esto me recordó a una amiga negacionista que tiene dos temores: a Dios y a la inoculación un chip 5G comunista, y que repite “no creo en la vacuna”, “si Dios nos envía una enfermedad, no debemos ir en contra de su Plan” y “yo me curé con dióxido de cloro, juro por Dios”…

…y yo

Pero todo se paga en esta vida, mi mofa y mis burlas sobre los escritos de negacionistas antivacuna y demás opinólogos me hicieron acreedor al contagio. La primera dosis inoculada no evitó mi hospitalización. Tuve síntomas y el cardiólogo creyó conveniente que enseguida me hospedara en un pabellón del hospital, equipado para enfermos de covid.

Tanto el confinamiento previo como la hospitalización posterior me trajeron a la mente a Michel Foucault y sus conceptos sobre el nacimiento de la prisión. Para él, la prisión es el producto del poder disciplinario. Justamente por indisciplinados nos encerraron en nuestras casas y a los transgresores que nos contagiamos, nos encerraron en hospitales.

El mencionado pabellón hospitalario, adaptado para apestados por covid, de alguna forma me recordó al famoso Puente de los Suspiros de Venecia. Cuentan que los reos eran juzgados en el Palacio Ducal y al recibir su condena transitaban por el puente hacia una de las nueve prisiones. En su paso por el puente veían por ultima vez el cielo y el mar. Yo fui juzgado en la emergencia (Palacio Ducal) y me quedé en una habitación (el puente). Otros menos afortunados tuvieron la mala suerte de avanzar hacia una de las nueve prisiones (las temidas UCIs).

En la soledad de mi habitación entendí porqué la califican como infierno a esta enfermedad. Dentro de mí dialogaban el malestar físico con la incertidumbre sobre vivir o morir. Allí uno se entera de macabras estadísticas que no coinciden con los perfiles de pacientes vulnerables, la enfermedad no respeta buenas condiciones de salud, edad, peso o económicas. Es una enfermedad equitativa porque ataca a todos por igual. Esta peste se muestra como un fenómeno extraño, incomprensible e injusto. Da la sensación que el más experto no entiende nada.

Mi estadía hospitalaria fue una rara mezcla de sensaciones. Convivían conmigo la tristeza, el terror, la esperanza, la frustración, la soledad, el dolor físico y el del alma. De rato en rato aparecían ángeles disfrazados de médicos, enfermeras y personal de limpieza, todos protegidos de pies a cabeza. Gente buena, contagiada en su mayoría, gente que se transforma en la familia de uno, gente solidaria como no parecen serlo quienes escriben en las redes sociales. En el hospital se comparte con personas que arriesgan sus vidas por atender a quienes pueden contagiarles.

También aprendí a sufrir la exclusión por estar enfermo, y recordé que en el Antiguo Testamento la lepra era considerada un castigo de Dios por pecados presentes o pasados. El leproso estaba obligado a convertirse en un mendigo que era excluido hasta morir. Este rechazo lo noté desde cuando estuve aislado en mi casa hasta que se acentuaron los síntomas y tuve que ir al hospital. En emergencia me atendieron de lejos y con toda la protección posible. Por donde pasaba, echaban alcohol. Incluso después de un par de semanas, ya con el alta epidemiológica, una doctora me canceló una cita médica por considerarme peligroso.

Volviendo a las nefastas redes sociales y a las malas vibras que producen, me gustaría recomendar que cualquier análisis que escriban no debe sustentarse solamente en la paranoia adquirida en esas mismas redes. Este virus no ha sido una miserable creación de los imperialistas o de los malvados chinos comunistas. El infierno existe y lo que viví no se lo deseo a nadie. La incertidumbre entre morir y sobrevivir no fue una pesadilla, fue real y no una conspiración de las transnacionales farmacéuticas.

El SARS-CoV-2 no es un invento de los poderosos, es un horrible monstruo que nos está atacando en serio y con fuerza.

Foto: @janisselbyjones

Alfredo Stornaiolo
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