Hace treinta años produje cuatro reportajes para radio sobre el tráfico y consumo de sustancias estupefacientes y psicotrópicas. Uno de ellos abordaba el problema de las drogas en las cárceles.

Con la ayuda de Ramiro Ávila Santamaría, abogado defensor de los Derechos Humanos, ingresé a la entonces llamada Cárcel de la calle Ambato, en Quito. Entrevisté a guías penitenciarios, a presos comunes y corrientes y a los VIP, que tenían celda con comodidades que los demás ni soñaban. De lo que recuerdo, un guía me confesó que la población de presos era tres o cuatro veces mayor a la que se podía dar abasto, por lo cual las autoridades hacían la vista gorda al consumo de drogas, pues tal hacinamiento era una bomba de tiempo y solo las drogas calmaban los ánimos de los internos. Un recluso me relató que, pocas semanas antes de nuestra presencia, uno de los presos, en su desesperación porque no había conseguido droga, se había embadurnado con las heces fecales que se depositaban en un gran tanque y había amenazado con embarrar al resto. No era la única vez que había ocurrido este hecho. Al salir, Ramiro me dijo: las cárceles son el espejo de la sociedad.

Transcurrió el tiempo y hoy la situación de los absurdamente llamados centros de rehabilitación es muchísimo peor. La propagandeada construcción de infraestructura carcelaria en los últimos años no mitigó los problemas de fondo. La violencia aumentó dramáticamente: en 2010 eran 15 las muertes violentas en prisiones; el 23 de febrero pasado, en un solo día, fueron 79. Según se ve, las drogas no solo que ya no tranquilizan a los presos, que siguen hacinados, sino que probablemente los tornan más violentos.

Las mafias que operaban antes para distribuir drogas en las prisiones preocupaban, pero no le quitaban el sueño a la sociedad. Hoy, las mafias, desde dentro y fuera de las cárceles, matan con bestialidad por el control de los mercados de las drogas, ordenan y cometen los más atroces delitos, compran gente de todo tipo y siembran terror, para que conozcamos y nos sometamos a su poder.

Cuando lo de la Cárcel de la calle Ambato, gobernaba Rodrigo Borja. Antes de él, desde 1980, hubo tres presidentes, y luego de él, diez más. ¿Encaró en serio alguno de ellos el problema del narcotráfico a nivel de centros de reclusión? ¿A nivel de país? Pocos gobiernos hicieron algo, otros eludieron el problema y alguno habrá sido encubridor o cómplice. ¿Por qué la desidia o la complicidad? Hay muchas respuestas, porque el problema es muy complejo. Pero hay una hipótesis que hay que considerar, que es como un secreto a voces, aunque ninguna autoridad la admita públicamente: el narcotráfico ingresa dólares al país, y así como en aquella cárcel las drogas servían para apaciguar los ánimos de los reclusos, los dólares del narcotráfico le han servido al Ecuador para apuntalar y dinamizar su frágil economía. Por eso, los gobiernos habrían hecho la vista gorda.

Bajo esta perspectiva, gobernantes, funcionarios, políticos, jueces, policías y delincuentes comunes se untan las heces del narcotráfico para calmar su angurria de dinero y poder, y amenazan con embarrar a toda la sociedad y a sus instituciones.

Las cárceles son el reflejo de la sociedad. La brutalidad de lo que ocurrió el 23 de febrero nos conmovió, pero es algo que en esta época se repite a diario en las calles, solo que nos hemos acostumbrado a verla. ¿Hemos perdido el rumbo? ¿Lo tuvimos alguna vez? ¿Estamos a tiempo para impedir un Estado fallido?

Foto: El País

Luis Dávila Loor
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