La maratón es la más importante de las carreras de fondo. Se trata de completar 42 kilómetros y 192 metros en el menor tiempo posible. Reto duro y muy difícil. Requiere de gran determinación soportar entre 16 y 18 semanas de extenuantes jornadas de entrenamiento: cuestas, bajadas, gradas, piques, repeticiones y carreras largas hasta sumar entre 800 y 900 kilómetros de recorrido.

Las y los maratonistas son gente especial, saben que más temprano que tarde llegará el dolor y que tendrán que lidiar con el cansancio y el agotamiento físico. Pero eso no los detiene. Haruki Murakami, el eterno candidato japonés al Nobel de Literatura y excelente maratonista, tiene una máxima: «el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional».

Correr y terminar una maratón es toda una experiencia de vida, es llevar al cuerpo al supremo esfuerzo. Un desafío personal e intransferible, la empeñosa conquista de la distancia, el compromiso con una preparación sin treguas ni abandonos. Emil Zatopek, el legendario corredor checo, campeón olímpico de la maratón de Helsinki de 1952, requerido por un periodista, sentenció: «si quieres correr, corre un kilómetro, pero si quieres cambiar de vida, corre una maratón».

Y eso es lo que Sami entendió. Ella es la protagonista de la excelente novela Maratón, escrita por el guayaquileño Hans Behr Martínez, que le valió el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit 2009. Novela singular, escrita en 42 capítulos, uno por kilómetro. Texto de fácil lectura que de forma amena y no menos ingeniosa nos conduce desde el entretenimiento hasta la meditación sobre la condición humana.

La obra abarca tres perspectivas diferentes. Una es el desempeño de Sami en la competencia, su disputa con los 42 kilómetros y el esperado aparecimiento del cansancio que, junto al dolor, plantea la lucha entre el cerebro que le dice «continúa» y las piernas que están a un tris de rendirse.

Otra perspectiva es el pensamiento de Sami, una atleta aficionada que, mientras corre, reflexiona sobre su vida. Repasa recuerdos, batallas libradas, logros y frustraciones, lo que hizo, lo que dejó de hacer, su adicción al alcohol, su tormentosa relación amorosa. «Así la muerte se enoje, cruzaré la línea y cerraré los ojos… Solo corro».

El tercer recurso que utiliza Behr Martínez es la constante introducción de anécdotas sobre los personajes de carne y hueso que han contribuido a dar ese halo de hazaña deportiva a esta prueba. Así, desfilan por su narración Abe Bikila, Emil Zatopek, Kathy Switzer, Gabriela Andersen, Eva Sanz o la ecuatoriana Cinthya Lucero, quien murió al terminar el kilómetro 17 de la maratón de Boston en 2002.

La obra incluye una narración sobre Katherine Switzer, la primera mujer en correr la maratón de Boston en 1967. Se inscribió como Carlos Switzer, ya que las mujeres estaban prohibidas de correr esa prueba. Con el dorsal 261 y con un calentador holgado y provisto de capucha para no ser reconocida, se lanzó a las calles a cumplir su anhelo. Alguien la reconoció, se armó un escándalo y trataron de sacarla del recorrido. Incluso un codirector de la prueba, de apellido Semple, intentó detenerla, pero el novio de Kathy y otros corredores la escoltaron hasta la meta. Medio siglo después y con 70 años, Kathy Switzer derrochó su calidad al culminar la maratón de New York del 2017.

«A quienes enfrentan largas distancias», dice la dedicatoria de Maratón, en homenaje a todos los que en la vida y en el deporte no solo que se comprometen con sus sueños, sino que cotidianamente se empeñan en conseguirlos.

Francisco Estupiñán
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