Cuando en agroecología se habla de diversidad es como si la Tierra floreciera: bichos, plantas, animales, humanos, alimentos, ríos y mares, todos funcionan en armonía, acompasados, ayudándose mutuamente a crecer y dar sus frutos.

Los agricultores ecológicos integran su trabajo en los ciclos de la vida, en su inmensa capacidad de equilibrio y cooperación. Sus fincas son réplicas a pequeña escala del paraíso que podría ser esta Tierra. Hablan de sus cultivos diversos y asociados, de sus animales, del agua, de la materia orgánica que enriquece sus suelos, de que todo se usa y tiene una función, y uno siente que así es la vida. O que así debería ser. La vida es diversa, y en esa diversidad surgen relaciones extraordinarias.

Pero cuando se pierde diversidad, el suelo se seca. El agua se va o regresa en lluvias torrenciales y destructivas. Se pierde diversidad y se pierde equilibrio. Y, sin embargo, un discurso repetido por décadas acosa los oídos del agricultor: «Haz lo que siempre has hecho: siembra todo el terreno con lo mismo, mete químico, compra semilla híbrida o te mueres de hambre».

Entonces el agricultor sucumbe, se vuelve dependiente del remedio externo, y la tierra, animales y plantas, se convierten en recursos a explotar. Ahí ya no habrá paraíso. Tal vez, y con suerte, habrá dólares. Y una tierra empobrecida, adicta al químico para poder funcionar, aislada de todos los procesos naturales que le hacen bien. Sola, produciendo y produciendo un único producto para el mercado del siglo XXI.

El cerebro humano es parte de la diversidad natural. Las personas no solo somos diversas sino que a través de nuestra diversidad también podemos generar relaciones extraordinarias: aportar, construir y mejorar el mundo. Nadie sobra, nadie está demás. Todos tenemos una posición válida. Y, sin embargo, la intolerancia se ha radicalizado.

Parece que estuviéramos en la Edad Media. No se queman brujas, pero se acribillan a diario usuarios de redes sociales. Se critica, se acosa, se despelleja. Se cancela gente. Se descarta gente. Los «verdaderos» activistas atacan a los «falsos». Las feministas, a los machos o a las falsas feministas. Los de izquierda, a los de derecha. Y viceversa. Cada uno clama por su propia razón como la única y verdadera.

Las personas se han convertido en seguidoras de algo o alguien, o de algo o alguien que está en contra de algo o alguien más. Se siguen causas como estar en contra de los migrantes, las abortistas, los provida, la vacuna, la delincuencia, y un gran etcétera.

¿Qué está pasando?

Sembrar en la mente una sola idea es como el monocultivo: empobrece la psique, al igual que el monocultivo empobrece el suelo. Cultivar una sola idea es como sembrar hectáreas de selva amazónica con pastos para ganadería. La mente monocultivada pierde fertilidad y sus relaciones con el entorno. Se vuelve rígida y se aísla en la rumiación. La flexibilidad psicológica es como una tierra nutrida, fértil y relacionada.

Vivimos una peligrosa tendencia cultural al monocultivo mental. Y este es el gran negocio del odio, la ignorancia y la polarización social. ¿Quién gana con un modelo agrícola que destruye la Tierra? ¿Quién gana con una sociedad del monocultivo mental?  

La vida es diversa. Las personas somos diversas y hemos evolucionado para cooperar, no para odiarnos. Estamos programados para la conexión. Aunque sea un riesgo ser diversos en este mundo intolerante, es necesario. Es urgente sembrar la mente con más cultivos.

Ilustración: Freepik