Mercedes es jardinera. Hace tres meses sintió un agudo dolor de garganta, la cabeza le estallaba. Llamó a su patrona. «Hágase inmediatamente una prueba PCR, yo le pago». Menos mal porque dio positivo. Supuso que su hija tenía lo mismo porque presentaba similares síntomas. Mercedes vive con su padre, que tiene demencia senil, un hijo, dos hijas y cinco nietos. No todos tienen trabajo, así que hacen milagros para salir cada mes. La atendió un médico que le recomendaron. ¿Qué porcentaje de su exiguo ingreso se le habrá ido en consulta y medicinas? ¿De dónde habrá sacado para pagar? Por suerte, ni ella ni su hija tuvieron más complicaciones que unos fuertes malestares. Pasó aislada durante un mes en los humildes cuartos que arrienda. No perdió el trabajo.

Caridad tiene un negocio familiar de confección de ropa deportiva que anda alicaído. Tiene dos hijos pequeños. Todos en su casa se contagiaron de covid. Le sugirieron que llamara a una epidemióloga. Tuvo que transferir sesenta dólares a la cuenta de la médica para que la atendiera en línea. Se contactó telemáticamente el día y a la hora señalados. La consulta duró cuatro minutos, la mayoría del tiempo solo con audio porque a la profesional se le cayó el vídeo. La doctora les mandó a que se hicieran varios exámenes, cuyos resultados debían ser remitidos a su correo para disponer el tratamiento. Sanaron.

Bernardo es arquitecto, pero se dedica a la construcción. Hace dos meses sintió un dolor inaguantable en la espalda. Fue al hospital, cerca de su casa, en el valle. Le diagnosticaron que un cálculo renal estaba obstruido, que tenían que practicarle una operación ambulatoria y ponerle un extender. Entró al mediodía y salió a las nueve de la noche. La cuenta fue de once mil dólares. Él tiene un seguro médico nacional que le salvó. (Daniel, ingeniero y comerciante, se fue con su familia a Orlando antes de la pandemia. En el hotel, de madrugada, sintió un dolor similar al de Bernardo. Fue al hospital. Era, igualmente, un cálculo renal. A las cuatro horas le dieron el alta. Le facturaron doce mil dólares. Su seguro internacional cubrió la cuenta).

Walter es maestro mayor, siete oficios. Está endeudado hasta el cogote. Por un dolor terrible fue a parar al Eugenio Espejo. Unos amigos médicos de su hija le ayudaron a ingresar. Le hicieron exámenes. Tiene una hernia y cálculos en la vesícula. Debe operarse lo más rápido, pero, quizás, tal vez, posiblemente, en julio le den cita. Sigue laborando, aunque los dolores lo tengan doblado.

Pacho Coro, un consecuente dirigente de las organizaciones campesinas de Columbe de los años 70, acaba de fallecer. Pacho demandaba ser atendido con urgencia en el hospital del IESS de Riobamba, pero su hijo Wayra no tenía palancas para ingresarlo. Cuando lo logró, fue muy tarde.

Una prueba PCR en laboratorio privado cuesta la quinta parte del sueldo mensual de una trabajadora. Una profesional de la salud puede embolsicarse en cuatro minutos lo que un obrero gana en tres días completos de trabajo. Los hospitales privados facturan con precios de los hospitales de los Estados Unidos. El palanqueo es básico para ser atendido a tiempo en los centros de salud públicos, donde conseguir cita para operarse es una lotería. Cinco ejemplos, hay cien más cada día. La salud pública es un desastre, y la privada, para profesionales que dejan de ser éticos y solidarios, un gran negocio. Los seguros médicos privados –otro negociazo– alivian a una pequeñísima parte de la población.

Para la gran mayoría, queda prohibido enfermarse, no hay otra.

Ilustración: Freepik

Luis Dávila Loor
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