En los años sesenta, Modesto López creó la canción Propiedad privada. «Para que sepan todos que tú me perteneces / con sangre de mis venas te marcaré la frente, / para que te respeten aún con la mirada / y sepan que tú eres mi propiedad privada». En términos notariales esa sería una posesión efectiva, solo que esta posesión no es por herencia, es por el derecho de ser el primero. «Que no se atreva nadie a mirarte con ansias / y que conserven todos respetable distancia, / porque mi pobre alma se retuerce de celos / y no quiero que nadie respire de tu aliento».

Hace años leí unos archivos de los tribunales eclesiásticos en Cuenca en tiempos de la Colonia. Una niña de 12 años fue obligada a casarse. El marido la torturó desde el primer día y después de unos años la dejó por muerta, amarrada a un brasero, donde pretendía asarla. Los tribunales eclesiásticos no lo juzgaron a él, sí a la niña: la obligaron a quedarse de por vida en un convento porque su experiencia podía ser una mala influencia para otras jóvenes. Rosa Zárate, la independentista, casada a los quince años, fue juzgada por huir de un marido violento y condenada a ir dos años a un convento para que aprendiera a ser una buena esposa. Esas niñas eran propiedad privada de los maridos, santificada por el matrimonio eclesiástico.  

En 2010, dos mujeres indígenas de la provincia de Chimborazo recordaban que en los años setenta el hijo de un hacendado llegaba con sus amigos a cazar a niñas y jóvenes indias que pastoreaban el ganado del patrón en los páramos. El poder también santifica la violencia.

En 2020, en las cercanías del mercado de El Arenal, en Tumbaco, tres hombres tenían acorraladas a dos niñas de unos doce años, apretaban sus cuerpos contra los de ellas, se reían y extendían sus manos para tocar sus senos en crecimiento. La presencia de un automóvil y voces de alerta permitió que las niñas huyeran. Los hombres putearon a los metidos.  Niñas y pobres en barrios marginales que se convierten en páramos donde pueden cazarlas.

En los buses se escuchan frases como: «esa carne fue mía», «¡cómetela, hermano!», «mano a la presa». Estas frases evocan la cacería, el despojo, la prevalencia del más fuerte y la indefensión de las más débiles.

Hace poco un campesino manabita me contó que su sobrina fue raptada por su novio en plena fiesta de quince años donde sus padres, con bombos y platillos, la presentaban en sociedad para conseguirle un buen marido. A la semana la devolvió porque ya no le gustó. Pregunté qué iba a pasar con ella. «Ya no se casará bien, pues, no ve que ella ya es de segunda», contestó.  Un himen intacto se negocia mejor y, por derecho consuetudinario, la mujer, pasa a ser propiedad del hombre, que puede quedársela o devolverla si no le gusta.

No podemos decidir sobre nuestros cuerpos porque nuestros gobernantes, las iglesias, los dirigentes políticos de todos los colores, los comunicadores, padres, novios y maridos, quieren seguir decidiendo por nosotras. Las cifras muestran esta realidad: en Ecuador muere una mujer cada setenta y dos horas por su condición de mujer, y sesenta y cinco de cada cien han sufrido algún tipo de violencia. Dos de cada diez mujeres que dan a luz son madres adolescentes de entre diez y diecinueve años. Una niña de diez años embarazada no es una pequeña madre, es una niña violada. Decir que ellas han consentido la violación es una aberración de quienes viven en una burbuja de cristal.

Foto: retina del sabio

Lola García Vacas
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