La agresiva campaña publicitaria del gobierno de Lenín Moreno sobre la vacunación contra el coronavirus ofende a la inteligencia de los ecuatorianos. Es una muestra palmaria de falsedad, ineficiencia y despilfarro.

Un presidente que recibió con todos los honores –incluido un arco de agua en el aeropuerto– a las primeras 8000 dosis de Pfizer, sin tener un elemental plan de vacunación, que se negó a informar sobre su destino y que hasta la fecha no divulga dicho plan, no tiene la más mínima credibilidad ante la ciudadanía.

Días después de tan pomposo arribo, la prensa encontró indicios de que, en la llamada fase cero, las vacunas estaban aplicándose a los privilegiados de siempre: a mamita primero, después a los amigazos y panas del Gabinete, luego a los del Club, a los ancianos dorados y, una vez cubierta la argolla, lo que quede, a médicos y enfermeras. Así, más o menos, fue la improvisada estrategia.

Cuando se necesitó aplicar la segunda dosis a los «luchadores de blanco», requisito indispensable para la inmunización efectiva, apenas asomaron, en números redondos, 1600 dosis. Se desconoce el destino de 2400 vacunas. ¿Qué pasó?, ¿a quienes se aplicaron?, ¿quién autorizó? Estas y muchísimas interrogantes más señalan la irresponsabilidad con la que el Gobierno ecuatoriano ha manejado tan delicado asunto.

En cuarenta días, el presidente Moreno cambió, con mayor velocidad que la mutación del coronavirus, a cuatro ministros de Salud. «El plan de vacunación solo existía en la cabeza del ministro Zevallos», dijo con desparpajo. A cada uno de los nuevos ministros le pidió el diseño y la puesta en práctica de un plan, hasta ahora desconocido.

Como era de esperarse, los errores crasos siguieron dándose. Doloroso y despreciable ha sido el trato que el gobierno ha dado a «mis viejecitos» –como los llama Moreno–. Empecemos por la inscripción en internet: ¿cuántos pueden hacerlo por si mismos, a sabiendas de que pertenecen a una generación que no conoció computadoras, plataformas ni redes sociales? ¿Cuántos no tienen quien les ayude? ¿Cuántos están totalmente excluidos de la tecnología cibernética? Luego, por varios días, la página funcionó deficientemente: se caía a cada rato, no se desplegaba, había que intentar decenas de veces para inscribirse.

Después de tan absurda convocatoria, el gobierno rectificó e indicó que tanto el IESS como la CNT (?) serían los encargados de hacer las citas personales, que indicarían lugar, fecha y hora de vacunación. Se les dice a los «viejecitos», a los que logran inscribirse, que el mensaje les llegará a sus celulares. Allí arranca otro drama, de desenlace dolorosamente predecible, aunque para el mandatario la culpa es del cuarenta por ciento de los «viejecitos» que no acude a la cita.

Mientras tanto, las anunciadas vacunas no llegan o llegan en cantidades insuficientes para la demanda. ¿Cuántas hay hasta este momento? ¿Cuántas quedan? ¿A cuántas personas han vacunado? Nadie sabe con certeza. ¿Está cubierto todo el personal de Salud?, se desconoce. ¿Están financiadas las vacunas?, se ignora. Así, una enorme batería de dudas pone en entredicho un manejo sanitario que, por errático e improvisado, se revela deficiente, pésimo.

Mientras cadenas obligatorias de radio y televisión presentaban al presidente Moreno sonriente y animoso, posando con «sus viejecitos», la realidad mostraba rostros y voces de ancianos iracundos y ofendidos que protestaban por los engaños, por los incumplimientos descarados, por las vejaciones al tenerles horas bajo sol, el frío o la lluvia, para después decirles: «vuelvan otro día, las vacunas no llegaron» o, como en el caso de la ESPE, en Sangolquí, «hoy aquí no se vacuna».

Francisco Estupiñán
Últimas entradas de Francisco Estupiñán (ver todo)