Miércoles cinco de mayo, dos de la tarde, en las afueras del Centro de Atención al Adulto Mayor (CAAM), en las Naciones Unidas (Quito, Ecuador). En la larguísima fila para la vacunación, ya no se guarda distancia social. Unos tras de otros. Cada vez hay más gente en la Veracruz, en la Galíndez, en la 10 de Agosto, en la Naciones Unidas. Es un cordón de gente que se va apretando. Me coloco al último. Como la fila da totalmente la vuelta a la manzana, estoy en la misma puerta por la que entran los que han esperado cuatro horas. Nos apretamos para acortar distancias, como si así nos acercáramos más a la entrada.

Los más jóvenes somos los de sesenta y cinco. La mayoría son mayores, muchos con bastones, la mayoría acompañados. Vendedores ambulantes ofrecen alcohol, bancas plásticas, paraguas. Hay gente que, a cambio de una moneda, cede el sitio a quienes recién llegan y procuran saltarse la cola.  Todos, de cuando en cuando, alzan a ver al cielo: «Menos mal que no va a llover», «Dios nos guarde y nos favorezca si cae un aguacero». ¿Y si llueve?, ¿dónde nos meteremos? Se puede aguantar un aguacero, pero el quedarse sin vacuna no. La esperanza nos mantiene en la fila. «No he salido en todo el año», le dice una abuela al policía, «quiero vacunarme».

Se vive la historia del cuidado: con una reciprocidad natural, amorosa, cálida, nietos e hijas, cuidan a sus abuelos, a sus madres, que ahora son niños viejos. Es un cuidado más cercano, más prolijo, porque estos abuelos ya no pueden correr, caminar rápido o cargar y mover sus bancas para sentarse durante la larga espera. Ahí están esos jóvenes, esas mujeres maduras, sosteniéndolos, preguntando a dónde llevarlos, consultando a los múltiples coordinadores que no pueden coordinar nada porque la cabeza que debía organizarlos a ellos no ha pensado que a quienes han convocado son viejos, achacosos o enfermos, que no pueden esperar cuatro horas parados en la calle, avanzando como caracoles arrastrando una banquita.

Gritan los abuelos, las abuelas, los nietos. «¿Por qué no avanza la fila?» «¿Los van a vacunar a todos?» Y, con ira: «¿Por qué no se organizan?» «¡Qué falta de respeto!». Ancianas, como niñas pequeñas, se aferran a la mano de sus nietos, de sus hijas, las toman del brazo, se arriman a ellas: «¡Cuídame!», les dicen en silencio. 

Son las dos y treinta de la tarde. Ante el colapso, desde el CAAM nos mandan al Centro de Exposiciones Quito. Ahí hay menos gente. Vamos a ingresar, pero: «Tienen que esperar un ratito porque no han llegado todavía las vacunas». Reclamos, gritos, angustia: ¿Y si no nos vacunan ahora? «¡Tranquilos, todos se van a vacunar, todos se van a vacunar!», grita el delegado del Ministerio de Salud. Pero la angustia no se va, la vacuna es la esperanza de vivir un poco más, de no terminar en una cama UCI despojado de conciencia, sin familiares, sin nietos que digan: «Te quiero, abuelo».

Me conmueve ver el cuidado que tienen hijos y nietos con sus padres o abuelos. «Siéntate aquí», les acomodan en las banquitas de plástico. «¿Tienes frío?, les tapan. «¿Quieres agüita?», les acercan una botella a los labios. «Ya me orino», dice una viejita casi gritando; la nieta la lleva despacio hacia los baños. 

Cuando llegan las vacunas, el proceso es rápido: «Nos van a vacunar», es el suspiro que todos lanzamos.

Estos abuelos, hijas, nietos son el pueblo: un paciencioso pueblo, un amoroso pueblo, un buen pueblo. Un pueblo que pregunta: ¿Por qué no tenemos un buen presidente?

Lola García Vacas
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