Albert Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957, afirmaba que si volviera a nacer y le dieran a elegir entre ser escritor o futbolista elegiría lo segundo. Atribuía su conocimiento del género humano al fútbol. De todas sus vivencias, no dudaba en subrayar que su paso por las canchas fue la mejor escuela que tuvo en la vida: «Lo que sé acerca de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol».

Camus nació el 7 de noviembre de 1913, en Mondovi, Argelia. Huérfano de padre antes de cumplir un año, vivió su niñez en uno de los barrios más pobres de Argel. Gracias a una beca que recibían los hijos de las víctimas de la guerra pudo estudiar. En medio de grandes dificultades económicas cursó la primaria y terminó el bachillerato.

Las reseñas de su vida cuentan que en la escuela y colegio jugaba como mediocampista y era muy hábil en la finta. A los 17 años se le diagnosticó tuberculosis, por lo que tuvo que dejar de correr. Se transformó entonces en portero. Hay quienes afirman que no fue la enfermedad sino la pobreza la que le hizo cambiar de posición, pues los zapatos se gastan más correteando por la cancha que bajo los tres palos.

Desde la privilegiada visión del arquero, ya sea en el Club Deportivo Montpensier o con el equipo de la Universidad de Argel RUA, Camus se fue interiorizando en el juego. Entendió tácticas y estrategias, conoció códigos futboleros y advirtió que el mismo equipo es uno atacando y otro defendiendo. Que la palabra solidaridad abraza a todo el equipo, que en la vida y en el fútbol la justicia no siempre triunfa y que lo importante siempre es la entrega y la garra, aún por encima del resultado.

Como todo arquero, Camus ordenaba su defensa, miraba la ubicación de sus rivales, custodiaba su área, dominaba el campo. Su presencia se sentía desde la cancha hasta los graderíos. Un guardameta convencido de su misión, un hombre que supo encontrar respuestas a las vitales interrogantes que estadios, canchas y balones le formulaban.

A mediados de los años cincuenta del pasado siglo, dejó la práctica del fútbol; pero su amor por este deporte no lo abandonó nunca. Se transformó en aficionado, en hincha, y, con frecuencia, asistía a los partidos del Racing Club de París. Si de niño y joven disfrutaba jugando al fútbol, ya de reconocido escritor y periodista se nutría de lo que consideraba una academia para la vida y el medio más idóneo para aprender a vivirla, con lecciones de moral incluidas. «Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha», escribió para France Football.  

Recordaba que, en su natal Argelia, cuando la pobreza y el hambre le acosaban, en polvorientas canchas de tierra, cristianos y musulmanes se hermanaban tras un balón y la alegría de un gol o la tristeza de una derrota moldeaban sus vidas. Era en la cancha donde se igualaban las fuerzas, donde no ganaba el individualismo y había que hacer prevalecer al equipo. Siempre le inspiró el valor didáctico del futbol. Comprometido intelectual, novelista, ensayista, dramaturgo (el teatro fue su otra pasión), jamás renegó de su trayectoria futbolera.

El 4 de enero de 1960, falleció en Villeblevin, Francia, en un fatal accidente automovilístico. Tenía 46 años. Arquero-intelectual que proyectó el futbol a un nivel superior.

Francisco Estupiñán
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