Desde el inicio de la pandemia, hace más de un año, la producción de alimentos nunca paró. Ciudades grandes y pequeñas, poblaciones rurales y barrios periféricos que pasaron por encierros totales, toques de queda y semaforizaciones fueron abastecidos permanentemente con verduras, legumbres, frutas y hortalizas. Carne, leche y huevos no faltaron en carnicerías, tiendas o ventas callejeras. Las grandes cadenas de supermercados tuvieron sus perchas llenas, con productos de la más variada procedencia.

El sector agropecuario ecuatoriano no se detuvo. Hombres y mujeres del campo; agricultores y ganaderos, agrónomos y veterinarios, y miles de trabajadores encararon todas las tareas: arar, sembrar, cultivar, regar y cosechar; o criar, pastorear y faenar u ordeñar. Trabajaron de sol a sol, con frío, calor o lluvia.

El sector productivo agropecuario no le falló al país a pesar de haber sido el más olvidado de los últimos quince años.

Se dice que el Ecuador es un país de vocación agrícola, por sus variados tipos de suelo, microclimas y geografía; sin embargo, los bajos índices de productividad son una constante en la agricultura del campesinado, que es la que provee la mayor cantidad de comestibles. Ese campesinado cansado de tantos ofrecimientos incumplidos y solicitudes desatendidas. Que no cuenta con apoyo técnico ni crediticio. Que ve como el agua de riego se concentra en las grandes propiedades. Que en muchos lugares no tiene agua potable, electricidad ni conectividad. Que la educación y la salud pública que recibe es deficiente. Que mira cómo sus cosechas únicamente sirven para pagar costos y el remanente para hundirse más en la pobreza. Que, por ello, continúa su incontenible éxodo hacia las ciudades. 

Allí donde el agricultor tradicional serrano produce papas, mellocos o quinua, donde el fréjol se mezcla con el maíz y las habas o los chochos «cantean» las coloridas parcelas, se sigue cultivando como a mediados del siglo pasado. Las mismas siembras, los mismos sistemas y métodos de producción, los mismos problemas, quizás agravados por plagas y enfermedades cada vez más voraces, resistentes e incontrolables. Semillas de mala calidad, incorrecto manejo de suelos y una total dependencia de fertilizantes químicos, fungicidas, insecticidas y herbicidas altamente tóxicos, cuyos residuos son vertidos al suelo o a ríos y acequias circundantes. O simientes caras, híbridos que sirven para una sola cosecha y que atan de por vida al agricultor con la casa comercial que los provee.  Falta de caminos, intocados problemas de comercialización, abuso de los intermediarios y la constante iliquidez que no inmuta ni a entidades públicas financieras ni a la banca comercial ni a las cooperativas locales.

En el sector agropecuario ecuatoriano, la presencia del Estado es mínima y su aporte insignificante. La ausencia de una verdadera política de producción es notoria. La capacitación técnica es casi patrimonio de las casas comerciales de insumos químicos. Hay infinidad de trabas y papeleos para la obtención de créditos. Los datos estadísticos sobre los que se asienta la teórica planificación sectorial de turno son de dudosa credibilidad. Las investigaciones son repetitivas y alejadas de la realidad. Los organismos estatales de fomento, producción o investigación están muy ocupados en burocráticas tareas, que generalmente las cumplen entre cuatro paredes de ampulosos edificios y escritorios con computadores en los que se siembra, cultiva y, aunque no lo crean, se cosecha.

Cierto que la vocación agrícola existe en Ecuador y que el agro respondió en la pandemia, pero el olvido en que vive marca su inequidad y su proverbial retraso.

Ilustración: Freepik

Francisco Estupiñán
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