En estos días se reveló que la pandemia ha provocado cuatro millones de víctimas en todo el mundo, cifra inferior a la real ya que por diversos motivos hay gobiernos que ocultan los verdaderos datos. En cualquier caso, el coronavirus o Covid 19 sigue marcando su impronta en el diario vivir de los seres humanos.

Científicos, médicos, enfermeras y personal sanitario formaron la primera línea para enfrentarlo, y su incansable y heroica tarea aún perdura. El cruento ataque de este microscópico y mutante enemigo que apareció hace casi dos años trajo desconcierto por el desconocimiento que se tenía de él y provocó una lucha desigual. La humanidad tomó tiempo en reaccionar.

Las pérdidas o consecuencias han sido de variada índole: desaparición de seres queridos, millones de personas sin empleo, cientos de miles de negocios cerrados, incertidumbre y retroceso en los sistemas educativos, alteraciones impensadas en la cotidianidad, metas incumplidas a todo nivel y un ambiente psicológico turbio y asolador que golpea el presente y compromete el futuro.

Al aparecer las vacunas –sin hacer ningún juicio de valor sobre ellas–, las desigualdades entre países nuevamente salieron a flote: los del primer mundo acaparando todo mientras el resto espera «lo que queda». Para remate, en medio del caos sanitario, en nuestro país la corrupción encontró un buen pretexto para afilar sus garras y llevarse su parte. Se negociaron bajo la mesa vacunas, fundas para cadáveres, pruebas PCR, kits de alimentos, respiradores artificiales y fármacos básicos. Miserables corruptos se llenaron los bolsillos de dinero. Si la vida de la gente no les importó, peor la posibilidad de que, eventualmente, fueran señalados públicamente.

Un panorama sombrío por todo lado: crisis sanitaria, crisis económica, crisis de valores. Aunque también momento especial y único para recapacitar sobre la resiliencia del ser humano, sobre su enorme capacidad de levantarse, sacudirse y seguir. Momento exacto para la empatía, la proactividad, para armarse de valor y continuar el día a día. Época para rescatar el optimismo y enarbolar la razón que explique los aciagos días que estamos viviendo.

Caer en el desánimo o en el pesimismo es inútil. Al contrario, reconocer y valorizar este momento arroja una visión distinta sobre todo lo que nos rodea: la familia, los amigos, las aficiones, los libros, las artes, las mascotas, las plantas. En una palabra, la vida.

La pandemia continuará por tiempo indefinido, atacará a otras personas, causará más muertes, más dolor. Pero su combate no solo debe estar en los hospitales, en la vacuna o en las medidas biosanitarias; debe estar, fundamentalmente, en la manera como tiene que encararlo cada uno: con respeto hacia el virus, con rigurosos cuidados personales y, sobre todo, con deseo de vivir, de disfrutar las cosas grandes o pequeñas. Esta lucha no admite treguas ni rendiciones. Cuando pasen los tiempos, la historia habrá de reconocer que esta fue la generación que enfrentó a la pandemia y que salió victoriosa.

Una guerra sin cuartel está todavía muy lejos de acabar, una guerra que no solo ha llenado de cadáveres el mundo, sino que continúa provocando estragos en la mente de los sobrevivientes, especialmente de las nuevas generaciones.

Allí es donde hay que trabajar, esa es la trinchera natural: nuestro entorno. Serenarnos y transmitir tranquilidad y positividad. Tratando de encontrar en esta dura experiencia cosas buenas como la solidaridad, el tiempo compartido y el amor.

Es lo menos que podemos hacer por quienes cayeron y por los que no aún se rinden. Los niños y jóvenes merecen palabras de aliento, de aclaraciones razonadas que les permita avizorar un mañana diferente.

Francisco Estupiñán
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