Avenida Simón Bolívar. Un automóvil se detiene. Se baja una mujer con un perro. La mujer suelta el collar del animal y sube al auto precipitadamente. El chófer arranca. El perro empieza a seguir al vehículo, a toda carrera, como si se tratara de un juego. En segundos, el auto desaparece. El perro sigue corriendo, esperando encontrar a sus amos. Hasta que, agotado, para y se queda allí, jadeando, sin saber dónde está, abandonado a la vera del asfalto.

Antes de la pandemia abandonar perros era cosa de todos los días en Quito. Los dejaban en la vía pública, en parques, consultorios veterinarios y, muy especialmente, en los cinturones verdes que rodean la ciudad. Se aducía que la crisis económica empujaba a las familias a hacerlo.

Con la llegada de la pandemia, la indolencia y la irresponsabilidad crecieron hasta constituirse en maltrato animal sin precedentes. Mascotas –especialmente caninas– fueron violentamente separadas de sus hogares.

El etólogo español David Nieto Maccín, en su libro Etología del lobo y del perro. Análisis e interpretación de su conducta, dice: «Las emociones que un perro vive son comparables, perfectamente, con las del ser humano: negativas, que relacionamos con el miedo, la tristeza o la ansiedad; o positivas como el cariño y la amistad».

Un perro abandonado significa un animal agredido, un ser vivo absolutamente indefenso que de pronto se encuentra en un entorno desconocido. Su primera reacción es de miedo; la segunda, de ansiedad. Se desconcierta y deprime terriblemente. De la misma manera que a un perro callejero le cuesta adaptarse a la vida con humanos, a un perro abandonado le resulta muy difícil acostumbrase a la calle. Se desorienta, y hasta que aprende a alimentarse y a protegerse, toma tiempo. El sufrimiento por su nueva condición de vida le lleva a tales extremos de tristeza que inevitablemente le producirá visibles cambios fisiológicos. La impronta sicológica del abandono no la perderá nunca.

El médico veterinario Carlos Rodríguez, en el libro Tu perro. Enciclopedia Canina, escribe: «Los perros llegan a identificarse tanto con su familia humana que muy pocos saben cómo enfrentarse a la vida en soledad. Por ello, es extremadamente cruel la rechazable práctica del abandono. Quien abandona a un perro quizás piense que el animal sabrá adaptarse sin ayuda a un nuevo ambiente, a la soledad, pero no es así. Es como abandonar a un niño pequeño, a un bebé».

El perro es un animal gregario. A igual que su antecesor el lobo, crece, vive, caza y mantiene códigos de comportamiento dentro de la manada. Al ser domesticado, el canino mantiene esa condición social, pero cambia la manada por la familia humana; convive y acepta jerarquías y ocupa el lugar que ellas le asignan. Convertido en mascota, los humanos lo integran gradualmente a su vida, se vuelve compañero de juegos y paseos, celoso guardián, notable pastor de rebaños. El perro se transforma en incondicional amigo. Su inteligencia y fidelidad son proverbiales.

Quito y sus valles circundantes cuentan con refugios y albergues caninos, lugares de acogida, desde hace mucho tiempo saturados, con dificultades físicas y económicas, que no dan abasto para recibir más mascotas abandonadas.

Es cierto que existen disposiciones legales que penalizan el maltrato y abandono animal, pero sus poco difundidos textos no pasan de ser letra muerta. El sistema educativo debería impartir una formación vinculante al respeto a la vida de otros seres, a la irrenunciable responsabilidad al adoptar una mascota.

Cada perro abandonado es una vergüenza para todos, un signo de deshumanización.

Foto: Freepik

Francisco Estupiñán
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